Un textículo de Mauricio Restrepo R. (a.k.a. Ludwig Pursewarden)
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Las nubes se amontonaban temerosas, como en la víspera de una gran noticia que caería de los cielos. Necesitábamos la consumación de aquel vigor celestial, que al menos ya podía respirarse. Sin embargo, era como si de repente una suerte de conciencia las hiciera dudar, y tal vez emprendieran un nuevo rumbo, y evitar así un trágico destino: el poder intrínseco de su naturaleza…
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Era así como desde mi escritorio —en un intento de arranques literarios con una pizquita de indeleble pacotilla— ensalzaba el poder de una jauría de nubes que vacilaba en precipitarse sobre nosotros, un trío de torpes estudiantes bajo el efecto del mediodía, con ansias de conversación trivial y sin trascendencia —es decir, la misma que, pasado un tiempo, podremos olvidar o recordar a voluntad (cosa que, hay que admitir, es un lujo)— y, por supuesto, del desle cotidiano de la gran cafetería: el albergue de una cantidad siempre infame de mujeres, todas con algo que en cada una (sé que ellas lo saben, o lo intuyen de alguna forma) era único; o dicho de otro modo: cada una tenía siempre algo que envidiarle a las demás.
Las inmensas las de chicas que esperaban el menú —con la siempre sensual impaciencia de movimientos caprichosos y ademanes infantiles—, diríase, era la suerte de una recóndita vocación altruista que nos ofrecían “desinteresadamente”: una voluntad de convivir a la hora del almuerzo con aquellos despojos humanos que éramos nosotros, quienes, derramados en las sillas, éramos todo cansancio, producto de informes y “proyectos” de una monotonía que nada tenía que envidiarle a una línea de producción al mejor estilo del señor Ford.
¿Qué era el almuerzo, entonces? Un completo ejercicio de la voluntad; un intento medianamente fallido de controlar el afán de posesión de aquellas concavidades trémulas que no dejan ni pensar. En suma (y como siempre hay alguien que lo dice mejor), era un espacio de tiempo en el que, como lo diría el poeta Darío en sus Amores imposibles, estábamos sitiados por ellas —los Amores Imposibles— y La Muerte.
Salir lleno a la hora del almuerzo nunca era salir satisfecho.
Desgraciadamente.
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12 : 17. El examen nada que empieza, y los tres mirando hacia arriba con preocupación (y luego entre nosotros, con preocupación). Las nubes seguían con aquel titubeo lento, pero invasivo: el viraje hacia un gris escarpado que para nuestro agrado —hombres que siempre fuimos conscientes de la importancia de lo que llamábamos[1] una economía de la mediocridad— sería la promesa de una intensa y agradable lluvia, la trinchera contra un sol que golpeaba sin tregua nuestras caras, y no tardaría en inscribir el tedio y el sudor en nuestras espaldas. Es preciso añadir, por otro lado, que nunca ha sido costumbre nuestra lo de recatearle al profesor, en una súplica que considerábamos tan indignante como inútil, para que hiciera un examen más sencillo (“¡Ay prooooofe!! Vea, pónganos sólo ejercicios así, como este”), o en parejas (“¡Profe, dale, ahí en parejitas de a tres!!”)[2]. Uno que otro se compadecía del desespero colectivo y eliminaba algún tema del examen (el más fácil, generalmente), lo que hacía que sólo se ganara tiempo. Tiempo para pastelear.
Éramos, simplemente, los tres silenciosos de la la del rincón, junto en la ventana.
Como siempre.
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Nuestras miradas contrariadas ante la parsimonia del sol, languidecían cada vez más viendo como este prolongaba un mediodía sin piedad. Álvaro, viendo que ya todos estaban presentes, repartía exámenes a diestra y siniestra. Fue una piedra en el zapato aquel asunto del sol; el pasteleo habría de ser entonces una labor, si bien no difícil, por lo menos algo engorrosa. El motivo no era el pastel como tal: era tan completo y sosticado… todo un logro de ingeniería —un logro que la academia difícilmente elogiará con objetividad—. De qué forma esperaba a que los más sinvergüenzas de la clase comenzaran a ofrecer sumas —que serían, sin duda, desorbitantes, teniendo en cuenta mi, comparativamente, austero sueldo de hijo— para dejarlos estirar no más un poco y dejarles ver siquiera una migaja de nuestro compendio comprimido. Pero nada. Ahí fue donde comprendí, o mejor dicho, confirmé que el orgullo hace sus efectos de formas bastante contradictorias. En fin.
Volviendo al problema del sol, lo que ocurre con éste es que, en situaciones de este tipo, la bolita, amarilla y brillante como ninguna, suele sentirse como una presencia más, como un susurro macabro al oído, como una brigada de apoyo a un maestro que, amedrentado como cada vez hay menos (quienes ya han perdido todo sentido de altruismo, e imparten sus clases con la misma indiferencia de un pez crudo servido en un banquete), tal vez se repita en sus adentros ese lema que, en este país, y tal vez en el mundo entero, parece estar tan en desuso, como salido de un baúl polvoriento:
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No crean, sin embargo, que no lo lamento. Es precisamente, de este modo tan anticuado [3], como suelen verse los preceptos que sólo siguen —seguimos— algunos marcianos. En fin.
Siguiendo con este asunto del sol, resulta que nuestra ubicua y amarilla presencia (que en un día cualquiera nos es tan cotidiana, tan “por defecto” —tanto es así que, al llegar la noche, y sin ninguna clase de argumento en verdad plausible, entregamos nuestra voluntad al dulce sueño, confiados en que estará allí para recibirnos al otro día—) te observa y escruta sin moverse gran cosa, y pretendiendo quizá hacerte sentir culpable de algo que, por cierto, considerábamos bastante discutible[4]. Es ahí donde la paranoia hace algunos estragos, pero también es donde el ingenio se pone a prueba. El afán no nos permitió borrar las fórmulas de algunos recientes pasteleros. En caso de que fuéramos descubiertos, y sin ninguna chance ni intención de justicarnos, harían la inspección del murito, y el profe, de seguro, se atrevería a pensar (por absurda que supiera fuera tal disertación), nada más por la complacencia de sentir que puede exteriorizar un poco [tan sólo un poquito...] de ternura irónica sobre nuestra —supuesta— miseria intelectual, cosas como esta:
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¿Y qué carajos tendrá que ver el Teorema del Límite Central
en un examen de Manufactura Avanzada?
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Es algo que puede verse en sus rostros. Pero no he de culparlos: la vida se trata de, entre otras cosas, buscar consuelos, por insensatos que sean, ante lo que nos vence o hiere sin remedio.
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Era el día en que presentábamos el examen final de una materia que era un desastre más para el pensum; una decepción más que, sin embargo, no habría de terminar en algo lamentable. Era cuestión de hacer nuestro trabajo —con pastel o sin él—, sin ninguna pretensión más que salir y encontrarnos de nuevo (el promedio nunca significó nada para nosotros, hasta que se nos ocurrió pensar en alguna beca), después de tantos días de ausencia producto del trabajo, la escases de dinero y demás. Porque cuando me encuentroa la salida del aula con el par de Alejos, los de siempre —Alejo Montoya, quien también responde al nombre de Tiny, apodo tan absurdo y sonoramente insignicante, que da pena explicar su procedencia; y Alejo Uribe, con un sinnúmero de apodos que no nombraré—, es ahí donde nos entra esa mirada como de sospecha, que en últimas lo que viene siendo es la consciencia de admitir que, cuando estamos juntos, adquirimos un carácter que, entre todos los posibles, sólo uno puede dar cuenta de nuestros actos al unísono: el de la morbosidad.
Aquellas comenzaban con un tema que promete alguna idea interesante y en donde nacen un par de inquietudes en verdad inéditas; pero todo esto termina, de forma inevitable, hacia una referencia por lo regular extravagante y subida de tono sobre alguna parte del sur masculino o femenino que se torna tropical en un momento dado, o bien en un momento hipotético en el cual toque “ponerse las rodilleras” para ganar x materia. Ahí es donde la conversa se degenera por completo. También debe admitirse que en nuestras reuniones hay un tinte machista, pero no hay que suponer benevolencia alguna entre nosotros: se es implacable cuando alguno de los tres pone la papaya de su virilidad sobre la mesa, para que esta quede bien minada por sus interlocutores. Al final, todo sigue siendo charla; y en lo fundamental, lo nuestro no es más que una amistad bienencaminada por la vía pavimentada de la risa.
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La lluvia, finalmente, irrumpió con una tardía emboscada en la cafetería de siempre, poco después de las dos. El examen había terminado sin mayores sobresaltos, pero con el semblante amargo que sólo puede dejar el sudor, quien ingenuamente pretende conciliar la ropa con la piel. Éramos cuerpos derramados; hastío de palpitaciones tratando de equilibrar nuestras ecuaciones internas.
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En la universidad, el diseño de las sillas fomentaba la parsimonia; o quizá, como en el caso de las sillas de Mc Donald’s (debo admitir que no es más que un rumor que no he podido confirmar), son una sutil táctica —evidentemente fallida— para abandonar las mesas rápidamente. Pero la nuestra era una parsimonia que provenía de la certeza de estar cada vez más cerca de la graduación; de una ceremonia que no tendría, en mi caso, nada de sublime, pues la ingeniería, si bien tiene asuntos emocionantes, está plagada de un ego patético que se alimenta de sí mismo, pero que nunca termina por explotar, que es lo que deseo.
La conversación habría de degenerar por culpa de una belleza que atravesó el pasillo, con esa inocencia que en ocasiones acompaña a la voluptuosidad. Aquellas curvas se esmeraban, a cada paso, en salirse de la ropa, en acabar con los barrotes de su prisión. Los comentarios no se hicieron esperar:
—¡Uy hermano! mirá eso…
—Uribe, tranquilo…
—¡Ah…! No, viejo, yo si le digo que… Mejor que no se deje ver por un oscurito porque…
—¿Estás hablando de la mona o de Álvaro?
[Risas...]
—No, parce… ¡Qué balones!!! A esa nena le deberían vetar la entrada a la U…
—A lo bien, que mujer tan essedida…
La variedad de las expresiones, el derroche de creatividad de aquellas veladas ya quisiéramos que fuera tan efectiva en otros contextos… Pero la verdad es que en esta ocasión, mientras mis dos grandes amigos no dejaban títeres sin cabeza, yo pensaba en otra cosa.
Pensaba en vos.
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(Y… “¿Qué pensaba?”, habrás de preguntarte [¿habrá acaso una brecha tan grande entre lo que creo que haces y lo que en verdad haces? Es un tema que suelo olvidar, para poder seguir...] Pensaba en que vos tampoco dejabas títere sin cabeza —y siempre el títere era yo—. Eras el mejor ejemplo para elogiar la morbosidad, para desmiticar el cuerpo y el sexo, para dar rienda suelta a los recodos más intransitados del alma: la única prisión del cuerpo, como has de saberlo. Eras como abrir la nevera estando acalorado; eras la causa de que por primera vez hubiera de renunciar a la felicidad, que a menudo nos parece tan sospechosa [¿No crees?], por algo sin duda más sublime. Eras… )
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Cuando nos embarga la ensoñación y el recuerdo, la vuelta a la realidad, las circunstancias, pueden encontrarnos en situaciones harto embarazosas, pero a las que hay que aplaudir cuando se lo merecen. Y habrán de notar que estaba ante dos inmensos cazadores de oportunidades…
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Pude volver del letargo luego de unos segundos, reconociendo cada vez con más nitidez la conversación de mis amigos: la misma que habré de recordar con una sonrisa; un momento, de los pocos, que quedará tallado en mi vida universitaria, por su alta dosis de ingenio.
¿Y por qué recuerdo con tanta gratitud este momento? Porque aquí es donde, como pocas veces, he puesto la papaya de mi virilidad, y estaría dispuesto a volverla a poner, tan sólo para divertir a la gente que atesoro como mis amigos. En fin. Para ponerme al día en la charla dije, con una inocencia elocuente, y luego de oír a uno de los dos batiendo el record de sordidez a la hora de hablar de una mujer:
—Oigan, ¿y a quien le van a hacer todo eso?
Y ahí fui donde di la papaya:
—¡A vos!
Y reíamos que daba miedo.
2009-2010.
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[1] … y llamamos, a pesar del cinismo del que se nos pueda acusar…
[2] Entre un profesor y un alumno también hay eso que podría llamarse una Microfísica del Poder: situaciones en las que, para quien es consciente en mínima medida de las sutilezas de las relaciones humanas, así como de la naturaleza misma del hombre, sabe que mostrar tan sólo un poco de miseria es perder por completo el respeto por parte del otro. Resumiendo: si hay algo por parte nuestra que es preciso odiar es la ternura irónica, la cual siempre será mejor practicarla que padecerla.
[3] Fuente de letra: Old English Text MT.
[4] Es algo que, por cierto, está fuera de los alcances de este texto.
