Acudía todas las noches a una cita con la carne. Entre las 8 y las 11:00 pm se encendían las luces del apartamento. La de la sala, la de la cocina… la de la habitación. Ella tenía la sana costumbre de despojarse de sus ropas al llegar. Gregorio conocía bien su rutina diaria. Ya era capaz de dibujar el interior de la habitación: un clóset al fondo, un espejo al lado de la puerta, una bombilla de bajo consumo y un extraño objeto al pie de la ventana.
Gregorio apagaba las luces para no ser descubierto y esperaba pacientemente hasta verla de pie frente a su espejo. Se miraba por aquí y por allá, se medía la ropa del día siguiente, se aplicaba cremas en la cara, hacía poses muy calientes. Inclinaba su cuerpo hacia adelante, llevaba sus brazos atrás y estiraba su espalda en arcos de perfección trigonométrica. Se tiraba picos a sí misma.
—Tiene más tetas que una guanábana… —decía Gregorio, invadido por un torrente de efervescencia.
Una noche, después de ambos rituales, el de él y el de ella, Gregorio llevó la mano al cierre, a los carritos del calzoncillo… y casi se le sale el corazón del susto cuando se encendió la luz súbitamente.
—¡Qué está haciendo ahí! ¡Cochino, carajo! ¡Eso no se hace, culicagado! ¡Le voy a dar un coscorrón, que se va a acordar toda su vida! ¡Bla, bla, blaaa! —su madre gritaba, zarandeando sus manos de una forma tal, que hasta la señorita-tetas-de-guanábana se percató de lo ocurrido; la cual se llevó un brazo al pecho y cerró la persiana, muerta de la risa.
Gregorio pasó varias noches sin verla. Un chichón había crecido en su cabeza. Detrás de las ventanas cerradas, se podía ver la luz. Imaginaba la vista deliciosa que se escondía al otro lado de la intimidad. Se volvía loco. Hacía esfuerzos para distinguir alguna forma entre las ranuras. Bajó hasta la calle, buscando un ángulo desde donde se pudiera alcanzar a verle algo. Sus ojos miopes no podían.
Al otro día fue a comprar un par de binóculos —herramienta básica de un voyerista consagrado—, pero no le alcanzaron las moneditas, y tuvo que ahorrar una semana para poder pagarlos. Cuando los destapó, olían a caucho y a juguete nuevo. Bajó a la calle, buscó el ángulo perfecto. Los empañó con un soplo de aire caliente, los limpió y miró a través de ellos.
—Te voy a pillar el culo —dijo, y tuvo que salir corriendo. Un vigilante lo pilló a él, confundiéndolo con un ladrón de apartamentos. Corrió, y cuando por fin se perdió de la vista del efectivo vigilante, miró otra vez por los binóculos y dijo:
—Te voy a pillar el culo.
Entonces ocurrió la magia. Las persianas se abrieron un poco. Gregorio enfocó los lentes y la vio. Desnuda, bañada por la luz de una bombilla de bajo consumo.
—¡Te pillé el culo!
Subió a su apartamento y apagó la luz. Se podía ver desde ahí. Ella abrió las persianas un poco más. Ya se podía ver bien el clóset en el fondo y la sombra del objeto extraño al pie de la ventana. Ella, desnuda como una ninfa. Ahhh… con el cabello mojado y sin toalla. Se acercaba al espejo y bailaba un poco. Se cogía las tetas. Simulaba un micrófono, cantaba señalándolo a él, o por lo menos eso parecía. Gregorio no sabía qué hacer. “¿Será que me vio?”, pensaba, sin quitarle los ojos de encima. Pero ella lo veía. Lo hacía de reojo, con el mismo evidente disimulo de él. Se miraba al espejo y arqueaba la espalda. Aun detrás de la persiana a medio cerrar se dejaba ver una sonrisa. Ella bajó su mano por el torso, se exprimió un poco la piel con una mano… y cerró la persiana con la otra.
—¡Mierda! —exclamó Gregorio— Esto sólo puede significar dos cosas: la primera, ya se me olvidó; y la segunda es que a ella le gusta que la miren.
Entonces él, en medio de una mezcla de valentía y muchos nervios, bajó a la calle y caminó hacia la puerta de su edificio. Una viejita entraba bolsas de mercado.
—Joven —dijo— ¿me ayuda a subir estas bolsitas?
—Ehmmm… sí.
Subieron en el ascensor, y la viejita notó su cierre abierto. Un carrito salía de él a cuarenta y cinco grados. Las puertas se abrieron y Gregorio salió. Bajó un par de pisos. Tenía el corazón en la garganta. Oprimió el timbre “ding dong”, buscando las palabras apropiadas y en esas abrieron la puerta.
—Perdón… —dijo Gregorio— me equivoqué de apartamento. Bajó un piso más y tocó.
Ella abrió la puerta sorprendida. Al principio no sabía quién era. Se estaba desmaquillando y ya tenía la pijama puesta: una exquisita pieza de satín color sepia que dejaba ver todas sus curvas. Cuando vio los binóculos en las manos de Gregorio, dejó escapar una risita.
—¿Te puedo ayudar en algo? —preguntó. Gregorio hizo una tremenda cara de imbécil. Más de la normal.
—Ehhh… este… para serle sincero, tengo que saber qué objeto extraño es el que usted tiene al pie de la ventana.
La casa olía a perfume de malbec y crema para manos. Sin pedir permiso, cruzó la sala, el corredor y entró a la habitación. El objeto extraño era una lata de sardinas.
Gregorio miró hacia atrás y la vio en la puerta. Se mordía los labios y sonreía. Se acercó a él despacio y lo besó. Era la primera mujer que le hacía eso. La primera que lo acariciaba en esa forma. Miles de sensaciones recorrían su cuerpo virgen, llevándolo desde el miedo hasta el más desconocido y exquisito de los placeres. Ella le tomó una de sus manos y la puso en sus pechos… Desde esa distancia ya se podía oler su aroma a sexo.
—¿Querías esto, no? —preguntó ella.
Entonces Gregorio se apartó, dio media vuelta y salió del apartamento. Ella, estupefacta, escuchó repicar el citófono.
—Abre y poco la persiana… —dijo él— y continuemos.
Yosef Karolys, 2009.
