Por Andrés Delgado
En el centro de la ciudad, son las tres de la tarde y cae un sol inmenso que duele. Camino por las calles que bullen con multitud de peatones, vendedores ambulantes, taxis y buses de servicio público. La avenida la Playa, a la altura de Junín, es sombreada por enormes ceibas. Desde allí, y bajando por Boyacá, uno llega al Parque de Berrío donde está la Gorda de Botero, la estación Metro de Berrío y la iglesia de la Candelaria. Cuando Gonzalo Arango escribió un perfil de Simón Gonzales, dijo que era “neto como la arepa, es decir, más antioqueño que la Candelaria”.

La Virgen de la Candelaria, es una virgen negra, como es negro el niño Jesús que sostiene en los brazos, ―un desliz en el racismo practicado por el Vaticano―. La Candelaria fue la primera iglesia que se construyó en Medellín y de ella se tomó el nombre para el pueblucho que comenzaba a crecer: Villa de la Candelaria. Fue fundada en 1649 por los españoles. Es decir, hoy en 2009, cumplió 360 años. Fue tanta la devoción que le prodigaron los primeros pobladores a la Virgen de la Candelaria que, incluso, la timbraron en el escudo de la ciudad y todavía hoy, en la sala del Consejo de Medellín, en un lateral, está la negra María con su niño en el escudo.

El Parque está atiborrado de personas y el congestionado tráfico es insoportable. La iglesia de la Candelaria tiene dos entradas principales sobre la carrera Palacé. En ellas hay ventorrillos con veladoras, estampillas y escapularios. Miro estos chécheres y pienso en la gitana Margot con su pañoleta en la frente, sus pulseras, su falda ancha y sus ojos enigmáticos siempre maliciosos. Enseguida del ventorrillo, hay un viejo tirado en la escalinata pidiendo limosna. Es pelilargo, mugriento, y flaco. Tiene las encías peladas, sin un solo diente, y no tiene camisa ni zapatos. Su única prenda de vestir es una pantaloneta roñosa. Alza la mano y pide limosna con el rostro desgraciado. Finalmente decido a entrar a la iglesia. El cambio de ambiente se siente de inmediato: afuera el bullicio, adentro la calma. En el interior se canta la misa del medio día. Las palabras del cura retumban y hacen eco en la alta bóveda del cielo raso. El ambiente es solemne. Camino por uno de los pasillos y veo colgadas en las paredes las imágenes sagradas. En una de ellas está Jesús crucificado, un Jesús idéntico al miserable sujeto de la entrada: pelo largo, cuerpo sucio y flaco. Es un mendigo del Parque de Berrío clavado en una cruz. Mientras tanto, el cura sigue dando su monserga. Habla sobre la fidelidad y el matrimonio. No sé cómo putas habla de un tema que desconoce por completo. Me da rabia la hipocresía del cura y me largo de allí. A la salida de la iglesia, a punto de salir de nuevo al calor y la agitación de las calles, aún está el Jesucristo mugroso pidiendo limosna.

En el parque no hay bancas para sentarse. Por eso la multitud está de pie y mucha otra gente va y viene a la estación Metro.

En uno de los laterales del Parque escucho voces cantando, me acerco y veo un trío de señores con bigote, sombrero y guitarras destartaladas, cantando música carrilera: la música más montañera de este puebluco montañero. Los veo y pienso: “en ese sombrero está guardada mi raza, y en esas guitarras la música de mi abuelo”. La carrilera es un género musical que se canta con poncho y carriel. Alrededor del trío se ha convocado una romería de obreros y desempleados que los mira con orgullo. Luego, los más cercanos arrojan una moneda. Cerca de los músicos hay una niña de unos quince años. Tiene puesta una minifalda y está embarazada. Con la cara rajada por el sol vende tintos a trescientos pesos. En una mano sostiene un termo verde. Junto a ella hay otras niñas, de su misma edad, con idénticos termos en las manos. Hablan y se ríen.

En la mitad del parque está la jardinera con el busto de Don Pedro Justo Berrío, patrono del parque y eminente personaje de la historia antioqueña. El único pecado que cometió Don Pedro fue andar amangualado con la iglesia católica y ser conservador. Porque de resto, hizo buena cosa: En 1864 fue gobernador del departamento, y, en su gobierno, Antioquia tuvo un amplio desarrollo económico. Al término de su mandato pasó a dirigir la Universidad de Antioquia hasta el año de su muerte. Don Pedro Justo está de pie en el podio de la jardinera central, acompañado de un libraco de leyes. Está mani-cruzado y mira con severidad, peinado con la raya a un lado, vestido con un traje impecable que las palomas cagan con frecuencia. Don Pedro Justo tiene a sus pies una nómina de unas quince personas que se rebuscan la vida vendiendo minutos de celular a doscientos, otras diez personas que lustran zapatos por tres mil, docenas que venden cigarrillos y chicles. En general, el Parque de Berrío está cargado de tragedia social.

En Colombia con Palacé está la escultura del maestro Arenas, llamado “El desafío”: un poderoso jinete montando su caballo proyectado hacía el cielo. Cuando camino por allí enfoco con la cámara del celular y tomo varias fotos pensando en la crónica para Medellín Sinestésica.

Más abajo, por la calle Colombia está el edificio del Banco de la República y el busto de la “Gorda de Botero”. La Gorda fue punto de encuentro en el centro de la ciudad. La gente decía “nos vemos en la Gorda a tal hora”. Y había que ver el reguero de gente pegada de la Gorda en las horas de la tarde, mirando continuamente el reloj de la muñeca, con cara de estar esperando a alguno. Hoy, poca gente, se encuentra en la Gorda. Pero sobre ella ha quedado la marca de las esperas. El bronce oscuro del cuerpo tiene una única parte brillante y dorada: el pubis de la Gorda. Todo el que esperaba, tenía que tocarla justo allí. Y de tanto tocar quedó brillante. Bien decía Bukowski que el mejor amuleto no era una pata de conejo, o sobarle la panza a un buda, sino acariciarle el pubis a la novia.
Tomo otro par de malas fotos, compro un tiquete de Metro y miro de nuevo el Parque desde las escalinatas de la estación. Este es un sitio clásico en Medellín. Un extranjero que venga a Medellín y no lo visite, se pierde una oportunidad para conocer la idiosincrasia Antioqueña. Tal vez los paisas ya no seamos tan “Antioqueños como la Candelaria”, como decía Gonzalo Arango, pero es innegable la influencia de este Parque, bien por la experiencia personal, o por lo que heredamos de unos papás que vivieron el esplendor del centro de la ciudad.

Lástima lo de la “raza”.. pero está muy chévere, la verdad es que uno no valora los lugares porque los ve todos los días, o por la cantidad de personas que trabajan, o mejor, se rebuscan el dinero, por los desempleados y las prostitutas uno los desprecia…es nbueno darle una mirada o que sucede de verdad…..